NADANDO SE LLEGA AL BOSQUE

Obra comisionada por Fundación Por el Mar para formar parte del Parque Nacional Monte León, Santa Cruz, Argentina.

Instalación
400 x 370 x 600 cm
Madera, tierra, paja, arena, telas, sonido y video
2024

En los inicios de la cultura humana, el arte y la ciencia solían ser materia indisoluble. Si bien hoy son disciplinas claramente diferenciadas, comparten un objetivo similar: buscar un mayor conocimiento sobre cómo funciona el mundo contemporáneo, tanto desde un nivel práctico como sensible y emocional. Sin dudas, el trabajo en conjunto sobre estos niveles de entendimiento es lo que necesitamos para proteger y preservar nuestro planeta. La ciencia y el arte, desde sus distintos puntos de vista, son de las pocas disciplinas que se encargan de hacer presente aquello que suele ser invisible al ojo humano, sean momentos del pasado o del futuro, emociones como el miedo o la fragilidad, zonas inaccesibles como
el espacio exterior o las partículas subatómicas, los sueños, las fantasías o los bosques submarinos.

Nadando se llega al bosque, del artista Nicolás Rodríguez, es tanto una escultura gigante, como una instalación inmersiva y un refugio para proyectar aquello que queremos proteger.
Si los bosques nativos de macroalgas en las zonas costeras de Santa Cruz y Tierra del Fuego son un ecosistema que da refugio a cientos de especies marinas, esta instalación es un refugio terrestre para que podamos abrazar a ese bosque. Es una cápsula inmersiva que no sólo nos traslada a un mundo inaccesible y asombroso, sino también a los orígenes de la vida y al futuro del planeta. Estos bosques no solo preservan la biodiversidad única que vive en nuestros mares australes, sino que su existencia es fundamental si queremos frenar el aceleramiento exacerbado del cambio climático y preservar también a las especies que vivimos sobre el nivel del mar.

La obra es un refugio y ese refugio es una casa; como la del hornero revestida en adobe, la de un caracol con su forma espiralada o como la Tierra misma que gira sobre su propio eje. Pero el centro de esa casa es un bosque bajo el agua.

La inmersión que propone la obra es veloz; de caminar rodeados de tierra comenzamos a bracear para atravesar el bosque. Ese cambio fisiológico marca, también, un cambio en la percepción. El ojo debe adaptarse a otra luz y tiene que trabajar para reconstruir la imagen fragmentada de aquello que no conoce. Esa imagen es el resultado de la imaginación del espectador que se va construyendo a partir de la combinación de los registros audiovisuales del bosque, realizados por Cristian Lagger y Manuel Novillo, y las imágenes que se arman y se desarman en jirones de telas, que se fragmentan y se reúnen con el propio movimiento del que atraviesa y explora, del que tiene el deseo de reconstruir el bosque con su propio cuerpo y bajo su propia mirada. A su vez, al ingresar a la obra la percepción sonora cambia del bullicio exterior a la introspección interior. La arquitectura ojival de la casa bosque provoca una acústica que utiliza al cuerpo del visitante como caja de resonancia, similar a la percepción física del sonido bajo el agua.

Nadando se llega al bosque se presenta por primera vez en Bioferia, pero como el refugio de un caracol, el de este bosque es también nómade. La escultura fue construida modularmente y tiene la potencialidad de ser desarmada, trasladada y rearmada fácilmente. Tiene la capacidad de crecer o disminuir en escala. De convertir al bosque en un centro de información, una biblioteca viva o una máquina de teletransportación donde chicos de una escuela rural o visitantes de un Parque Nacional puedan sumergirse dentro del bosque submarino. La obra es una cápsula que nos da un mayor conocimiento del mundo, tanto desde la ciencia como desde el arte. Ofrece un conocimiento específico sobre uno de los engranajes que sostiene nuestro planeta; un engranaje que desconocemos porque está oculto a la mirada, pero es tan fundacional de nuestra existencia como fundamental para nuestra supervivencia.

Javier Villa